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Capítulo 13 - Novela: Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona

Los Pesos Fuertes del Banco de Barcelona                    
Rafael López y Guillén


            Capítulo Treceavo  




          Como tenía por costumbre, se despertó pronto. Ya se había acostumbrado al horario europeo, que como decía él, era algo más tempranero que el español. Tras pasar muchos años en Francia, al hacer el cambio de residencia, no le costó mucho esfuerzo adaptarse al horario británico.
          Escribió en una hoja del hotel lo hablado con su amigo Muntadas. Haría una crónica que enviaría a su nuevo jefe en The Times, Geoffrey Dawson, era su coartada. La dejó a un lado en el escritorio y miró a la cama, su bella acompañante seguía durmiendo. ¡Estos artistas bohemios!, pensó.
          Ya le había dicho anoche que hoy no le acompañaría por la mañana, y bajaría sola a desayunar. No la quiso despertar siquiera y salió de la suite del Ritz.
         Al llegar a recepción, cambió de opinión; desayunaría en cualquier sitio por ahí, tenía tiempo de sobras. Salió a la calle, donde vio parado un coche de caballos delante, el cochero abajo en la acera hablando con el conserje y un hombre bien vestido. El conserje le vio y se le acercó.
         - Por favor señor Guillén, ayúdenos.. no entiendo su francés, creo que dice que quiere ir a una dirección, pero sin el coche de caballos - le pidió.
         - Permítame ayudarle caballero. ¿Qué es lo que desea? - Juan se dirigió en francés al cliente.
         - Quiero ir a esta dirección, pero que me indiquen el camino y me digan el tiempo que será andando - le contestó, tendiéndole un papel con el nombre de una empresa y una dirección.
          - Ahora le comprendo, quiere ir caminando - se giró hacia el conserje y le dijo en español - Quiere ir andando, pero no sabe donde es y lo que tardará.
         - Está en Marqués del Duero, un poco más abajo del cruce de Nou de la Rambla. ¡Donde están las chimeneas!
         - ¿Qué chimeneas? - preguntó Juan.
         - Las que dan la luz a los tranvías - le contestó.
         - Hace años que no venía a Barcelona y desconozco esas chimeneas, pero sé donde me quiere decir. Ya se lo explico yo - dejó al conserje, que se puso a hablar con el cochero.
         Volvió al francés.
         - Si no tiene inconveniente, como tengo tiempo, le acompañaré un rato en dirección a su destino, y desde donde nos separemos, le diré como ir. Estamos a un poco más de media hora, un buen paseo si me permite decirlo - le dijo.
         - Encantado y muy agradecido señor - le tendió la mano- Me llamo Edward Dwight Trowbridge, americano, soy ingeniero. Represento a una empresa canadiense y voy a ver una empresa que se ha adquirido - le explicó.
         - ¡Americano! Entonces supongo que prefiere su idioma - cambió a inglés - Me llamo Juan Guillén Andrés, soy español aunque afincado en Londres. Trabajo en The Times.
         - ¡Por favor ..un milagro ha ocurrido! Al fin puedo hablar con alguien que me comprenda bien - se alegró el ingeniero.
         - Bueno, bien, bien, no, su inglés es diferente al que hablo habitualmente, pero sí, le comprendo mejor que en su francés, que también es raro, debe de ser por ese acento canadiense al que no estoy acostumbrado y menos ellos - hizo un gesto con el pulgar al conserje que ya había despedido al cochero y entraba al hotel.
         - Sí - rio falsamente el ingeniero. Hizo un gesto con los dedos índices de sus dos manos hacia ambos lados de la Gran Vía. - ¿Por dónde?
         - Por ninguno de ellos - índico con su dedo hacia abajo - bajaremos un poco hacia el mar y luego giraremos - le pasó el brazo por el hombro para ayudarle a girar e iniciaron el descenso por la calle.
         - He de decirle señor Guillén, que su inglés me suena más raro a mí todavía. - comenzó el americano la conversación mientras andaban.
         - Tecnicismos. Es ingles puro de Inglaterra. El suyo son las variantes que ha tenido allá en su tierra. 
         Se abrió una puerta tras de ellos y un niño con una bata corta a rayas y un pantalón igual de corto, pasó entre medio de ellos corriendo.
         - Me ha dado con algo ese niño - se quejó el ingeniero.
         - Es una lechera. Va a la vaquería a buscar leche. Estuve hace unos años en su país, en New York, y vi que allí la repartían en carros. -
         - ¿Estuvo usted en New York? Es impresionante la cantidad de gente que hay viviendo allí. Yo soy de Michigan, una ciudad mucho más pequeña - respondió.
         El periodista, era un experto en muchas cosas. Su cerebro volaba hasta situar cualquier ciudad en el mapa en su memoria, y en las cosas que sabía sobre ese lugar o cosa. Era su habilidad más destacada, la celeridad de pensamientos.
         - ¡Michigan, los grandes lagos! - explicó sin poderlo evitar. - Crucemos la calle, vamos por allí, en aquél sentido - con el dedo señalaba.
         - Si alguna vez va allí, verá unas cataratas impresionantes - replico.
         - Las he visto en fotografías y he leído reportajes sobre ellas. ¿No es allí donde se tira la gente dentro de un barril?
         - Si señor, buena memoria. Hace once años se tiró una loca newyorquina: Annie Edson Taylor se hizo famosa por su arrogancia rozando la locura, le diré algo que quizás no sepa: un par de días antes hizo una prueba, lanzó a un gato por el mismo lugar que ella quería tirarse, salió indemne. Esa loca además se metió en el barril, con su colchón para amortiguar golpes y 'su almohada'. ¡Hay que estar loca! - le respondió.
         - ¿Qué serán esas obras? - se preguntó en voz alta Juan.
         La calle estaba cortada. Un profundo socavón la corría de arriba abajo completamente. Menos mal que había puentes de madera para cruzarla un poco más abajo.
         El ingeniero dijo: - sin duda, están construyendo el tren subterráneo.
         Había tres niños con gorra jugando en el suelo lanzando algo, lo que llamo la atención del ingeniero que se acercó a mirar, Juan le acompañó hacia el grupo.
         - ¿A qué juegan? - preguntó.
         - A la galdufa. Es una peonza de madera. ¿Ve?,  la atan a su alrededor con la cuerda y luego la lanzan - Juan se acercó a ellos.
         - Perdona, ¿me dejas probar? - le dirigió la pregunta al niño que estaba esperando turno. Tenía la peonza en una mano y la cuerda en otra - le tendió ambas manos con su juguete.
         Juan la lío, y se acercó al círculo que había dibujado en la tierra, había tres peonzas tumbadas en su interior. Dio un golpe con la muñeca y su peonza golpeó una de las que estaba quieta que salió lanzada a un par de metros, luego su peonza se quedo bailando, y poco a poco paró quedándose en el suelo - se la devolvió al niño. 
         - El objetivo, es "picar" las otras peonzas, para que salgan fuera del circulo y si la tuya también lo hace bailando, te quedas esa peonza expulsada. Es difícil, y muchas veces se parten las golpeadas. El truco es que el clavo que tiene abajo sea fuerte. De niño jugaba mucho -rió recordándolo.
         Tras pasar unas cuantas calles, le indicó que anduviera todo recto unos cuantos minutos y preguntara a cualquiera enseñando ese papel escrito en el que salía la dirección del nombre y número.
         - No tendrá problema. Tengo que volver que hay que cumplir con compromisos. Adiós señor me lo he pasado muy bien con su compañía y el paseo. 
         - Por favor, el placer ha sido mío. Le dejaré en el hotel una invitación para un evento que realizamos, será una forma de agradecérselo.
         - Si mis obligaciones me lo permiten, estaré encantado de volver a hablar con usted - se despidieron con un apretón de manos.
         Al girarse, casi se dio un golpe con el carretillo que empujaba el aguador, que llevaba diez cantaros llenos de agua de alguna fuente cercana, pues vio que aún estaban mojados por fuera. Los vendería bien en este barrio. Mejor que ir a buscar agua a la fuente que te la traigan a casa - pensó.
         Miró su reloj de bolsillo y movió la cabeza, Tendría que apretar el paso un poco, pues no le gustaba que le esperaran.
         Al llegar al hotel, vio un coche a motor, rojo reluciente. Será de Salvador pensó.
         Entró dentro y miró en la zona del bar, allí estaba. Se puso en pie para que le viera. Se acercó y le dio la mano y, luego, un abrazo.
         - Juan, tranquilo, que nos vimos ayer tarde - recordó Salvador Samá, el Marques de Marianao.
         - Ayer me gustó, y hoy me reconforta más. ¡Son muchos años fuera amigo mío! - Indicó con el índice de su mano diestra a la mesita, junto a un café que habría tomado mientras le esperaba había: un casco, unas gafas grandes y unos guantes de conducir. - Veo que vienes preparado, vámonos ya.
         Salieron afuera, Juan abrió la puerta y se sentó listo para disfrutar del paseo. Vio que Salvador subía y se sentaba en su asiento ante el volante.
         - ¿No le das a la manivela?, yo no pienso hacerlo. !Soy tu invitado! - le dijo.
         - Juanito, amigo mío, ayer no lo quise decir delante de Matías pues se picaría. - Se puso las gafas y el casco, introdujo sus manos en los guantes y le hizo una señal con la mano derecha, la agitó y cogió una palanca haciéndola mover hacia dentro, afuera, con fuerza, se encendió el motor. - Arranque automático de este nuevo Cadillac 1912, ¡está a la última! - rió como un niño.
         Salió adelante de golpe y fue yendo por las calles, primero en llano, pero luego siempre cuesta arriba.
         - En estos últimos veinte años ha ocurrido una locura una vez más. Se han sobrevalorado las tierras, y de vez en cuando vendo alguna propiedad. Me da para vivir bien y lo que creo, lo destino a comprar otras. ¡Me va muy, pero que muy bien! - le dijo Salvador.
         - ¡Me alegro por ti Salvador! ¿Cuál es el sitio tan maravilloso donde vamos y el motivo de que viniese yo solo?. Ayer no te lo quise preguntar, precavido que es uno, por si metía la pata. - Preguntó Juan.
         Mientras conducía sujetaba con fuerza el volante, pues las calles eran cada vez más pronunciadas. Alguna ya de tierra, requería su concentración.
         - Eusebio Güell que sabía que tenía tierras cerca de Barcelona, me preguntó si tenía alguna grande ya que quería hacer unas residencias de verano para gente de bien y se las construirías Gaudí - empezó. - Le vendí las tierras que estaban en plena montaña, que son mejor para el verano, le dije. A ellas vamos, para que veas otra de sus fantasías. Eusebio nos estará esperando. Cuando le dije que habías vuelto, se alegró mucho por ti. Ahora vive allí en una de las casas.
         La risa fuerte de Juan le sorprendió.
         - Ahora entiendo de que venga sin Mary.
¡Eusebio Güell es muy beato y yo vivo en pecado con esa pelirroja!
         - ¡Imbécil! - le dijo con cariño y río también.
         Tras una revuelta, llegaron ante una alta verja de entrada a un recinto amurallado, al que se acercaron bastante.
         - ¡Ohh que verja! - exclamó Juan Guillén al pararse ante ella.
         - Pues espera a ver el resto. Lo siento, pero hoy vas a abrir la boca muchas veces - le vaticinó bajándose del coche. Se acercó a la entrada tras tocar la bocina.
         Se abrió una hoja de la puerta doble y un hombre les hizo seña de que podrían pasar por allí, sin necesidad de abrir la otra hoja.
         Salvador paró en el primer giro y le hizo una señal para que admirase las escaleras que ascendían.
         - ¿Eso es una lagartija gigante? - preguntó Juan.
         - Sí, vamos por el camino hasta la plaza de arriba y luego iremos dando una vuelta a pie. Hay muchos recodos, paisajes y decoración que parece sobrenatural. En algunos lugares me recuerda mi parque - contesto Salvador poniendo de nuevo en marcha el vehículo.
         Fueron pasando por los caminos despacio, pues había llovido no hacía mucho y en algunos lugares había baches en la tierra de los regueros del agua.
         - Al bajar, te voy a enseñar otra obra del maestro Gaudí en el Paseo de Gracia. En tu ausencia han habido muchas edificaciones. La casa que le hizo a Pedro Milà y Camps hace dos o tres años está dando que hablar, la llaman La Pedrera. Tiene unos ángulos y formas - buscó una palabra - no sé ni como describírtela, ya lo verás luego. Y también está allí mismo la de José Batlló y Casanovas. Esa fachada recuerda a las olas del mar. También ha realizado edificios y casas en varias ciudades de España.
         - ¿Y la gran iglesia, está acabada? - lanzó esa pregunta sabiendo la respuesta, pero quería escuchar la versión de su amigo.  
         Rio en falsete - eso no lo veremos acabar amigo Juan. Ya hace tiempo que no hay dinero. De vez en cuando reúnen algo más y continúan. A la tarde pasaremos a verla.
         Llegaron a una explanada. En ella, cerca del borde, les esperaba su otro amigo. Pararon el coche y bajaron.
         - ¡Eusebio! - le dijo amistosamente Juan y le abrazó. - ¿Cuántos años hace? Da igual, no lo digamos. En Comillas es más habitual verte. Esto es maravilloso, me encanta - dijo mirando Barcelona abajo, a sus pies entre la arbolada. Se giró de nuevo hacia Eusebio - Tienes el pelo muy blanco, ¿cuántos años tienes ya? - preguntó.
         - Sesenta y seis añitos. ¡y los que me quedan!
A ti también se te nota aunque has perdido pelo, ¿cuántos tienes tú? - le replicó.
         - Cincuenta y nueve, igual que mi amiguete y tu cuñado el Marqués de Comillas Claudio López Bru. Por cierto, perdón, señor Conde de Güell. Lo leí en la prensa hace un par de años. Recuérdame el orden, ¿un marques es más que un conde, verdad? - le dijo provocativamente.
         - Que malo que eres Juan - le respondió Salvador Sama, Marques de Marianao - Ya lo sabes. Por cierto, aunque no os importe, yo soy el benjamín a vuestro lado con Cincuenta y uno.
         - Da igual Salvador, este mequetrefe plebeyo jamás me puede hacer daño. Su ignorancia es reconocida - ahora le devolvió el insulto con ironía - ¿Qué has visto al entrar? - le preguntó directamente a Juan con soberbia. Le iba a dar una lección.
         - Te refieres a la lagartija gigante, claro que la he visto - exclamo.
         - Ves, miras sin ver. ¿Cuantas veces te lo he dicho? Te lo voy a demostrar una vez más. ¿Sabes quienes son las Hespérides? - sonrió con malicia y miró a Salvador, que sí conocía lo que pasaría a continuación.
         A Juan le sonaban, pero no conseguía situarlas en ningún sitio en su gran memoria. Este Eusebio se lo hacía de vez en cuando, preguntarle por algo difícil que supiera, sonrió.
         - Vale, me rindo. Me has pillado de nuevo.  Ilústrame Eusebio.
         - Son las ninfas de los árboles frutales según la mitología griega. Además de ellas, un dragón custodiaba el jardín. Por eso te has encontrado a uno similar: esa gran lagartija es el dragón. Para entrar al jardín, en este caso ascender por las escaleras, se ha de matar al dragón. Y ahora bajaremos a pie para que lo veas, pues - levanto el índice hacia él. - Hay una figura con los brazos levantados, es el sacerdote Atlanta, que está matando al dragón. Y tampoco has visto, el sacerdote tras matarlo, entra en el Templo de las columnas de Hércules, está más abajo.
         Cogió al amigo por el hombro y acompañaron a Salvador que empezaba el descenso.
         - Más cosas. ¿Sabes el nombre de ese dragón. Pues es Ladón, lo has visto y no te has dado cuenta. También está, en los jardines de mis Pabellones que si que has visitado hace años, esos que tengo en Pedralbes, también lo verás. Allí cuando me hizo el pabellón, se le ocurrió - se paró en seco y se giró, señalando a la baranda de la gran plazuela. - El Trencadís: romper los azulejos para colocarlos mejor. ¡Este asiento baranda, es una maravilla!.
         - ¿Qué hace ahora Gaudí? - preguntó sin saberlo Juan.
         - Está en Puigcerdà, recuperándose de las fiebres de Malta - respondió compungido.
         Juan se paró y miró a Eusebio.
         - A Claudio lo vi antes de ayer. No le veo bien - puntualizo Juan.
         - No se acabó de curar nunca de esa tisis y siempre está delicado. Además tiene muchos quebraderos de cabezas con todos sus negocios - respondió sin acabar los motivos.
         Volvieron a andar, paseando por el parque.

        
         

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